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Revolución Jobs: La nueva era del entretenimiento
La tercera revolución tecnológica está en marcha. Primero fueron los ordenadores; luego, internet, y ahora el cruce entre ocio e informática. La compra de Pixar por Disney es un símbolo del triunfo de la vida digital.
domingo, 5 de febrero de 2006

El día que el teléfono, la radio, la agenda, el capítulo de mañana de CSI, nuestra discoteca, la última versión del Fifa Soccer y las dos horas largas de «Brokeback Mountain» duerman en el mismo «gadget», Steve Jobs estará allí. Diez minutos antes de que eso ocurra, Jobs, el hombre que inventó el Macintosh y el iPod, por citar dos ejemplos, tiene en sus manos la varita mágica que hará posible ese milagro. Porque milagro se antoja su proyecto de vivir con una pierna en Silicon Valley, el corazón de silicio de Estados Unidos, y otra en Hollywood, la fábrica del espectáculo audiovisual. Tecnología más productos culturales, y todo ello envuelto en celofán de diseño.

La semana pasada, Disney anunció la compra de Pixar. Esa operación, en teoría una buena historia para la sección de Economía del periódico, encerraba en realidad un símbolo de estos tiempos. La vieja Disney reconocía que el futuro estaba en la nueva Pixar, la empresa que le había proporcionado sus mayores éxitos de los últimos años, «Toy Story», «Monstruos S. A.» o «Los increíbles». Hasta ahora, Pixar distribuía sus películas a través de Disney. Ahora, Disney es Pixar, o al revés, y Steve Jobs, su primer accionista, y John Lasseter, su mente creativa. La tecnología digital, sus relaciones íntimas con el mercado de los videojuegos, internet (itunes) como tienda para todos sus productos, un profundo cambio sociólogico. algo de todo ello brujuleaba detrás de aquel aparente titular económico.

A Jobs, que el día 24 cumplirá 51 años, le gustan los retos difíciles, como éste que le sitúa en la piel del nuevo Walt Disney, el director de orquesta de nuestro entretenimiento. Fue hijo adoptado. Apenas estuvo en la Universidad, porque su familia no podía pagarla y porque tampoco le interesaba. Un curso sobre tipografías le sirvió, no obstante, para crear el entorno visual de sus Mac. Le echaron de Apple (1985), su empresa. Compró Pixar, una marca periférica de George Lucas. Creó «Toy Story». Volvió a Apple (primero como asesor, en 1996, y luego como director ejecutivo, en agosto de 1997). Es el hombre del iPod, de la tienda iTunes. En su blog escribe: «Busco un edificio con buenos cimientos que necesite ser rehabilitado. Estoy dispuesto a derribar paredes, construir pasillos y encender hogueras. Tengo una gran experiencia, mucha energía, un poco de eso que se llama visión y no me asusta volver a empezar».

Música, maestro

Todo comenzó con una idea loca en un mundo en el que cada vez hay menos lugar para la improvisación. El escenario donde se desarrolló la genial ocurrencia fue el de toda una industria en crisis, la del disco («no las llamen "discográficas", ahora son "musicales"», dicen en Apple). Los actores, pocas y grandes multinacionales del entretenimiento y cientos de millones de consumidores ávidos de él. Y la idea... la idea fue la de reunir piezas que parecían inconexas y construir, a base de los ladrillos de un edificio que se hunde, otro completamente nuevo. Jobs fue, a la vez, creador, constructor y probador del invento. Y Apple se convirtió, por segunda vez en su historia, en su herramienta para conseguirlo.

Jobs se dio cuenta de que algo había cambiado para siempre en el mundo de las discográficas. Y que las canciones, ya en formato digital, podían grabarse en la memoria de un ordenador. Y copiarse en otros ordenadores, o en discos duros portátiles, o en CD, o enviarse por mail... Cada copia, además, cosas de los bites, era exactamente igual a las demás, sin un ápice menos de calidad. Los programas P2P hicieron el resto. Aplicaciones informáticas creadas y sostenidas por los internautas, que permitían a millones de ellos «conectarse» a la vez para compartir todo o parte de los contenidos de sus discos duros. Las ventas de música legal cayeron en picado, hasta situarse por debajo del 40% de las cifras habituales.
Y empezó la guerra. La gente seguía queriendo música, pero no pagar por ella los precios (abusivos para muchos) que la industria imponía. Ni tampoco consumir sólo las creaciones del puñado de artistas bendecidos por las compañías de discos y agraciados con costosas campañas de promoción. En internet, los magnates del disco lo han aprendido en sus carnes, no funciona nada que tenga como base el anticuado modelo de una minoría eligiendo lo que debe ver /leer /consumir/ escuchar la mayoría. Así que, de la mano de gobiernos y asociaciones, las discográficas no eligieron la vía del cambio, sino la de la represión. Multas millonarias, cierre de empresas por haber creado programas P2P... A nadie se le ocurrió, excepto a Jobs, que la crisis no era de la música, sino del modelo de negocio musical. ¿Por qué pagar por quince canciones cuando solo quieres una? Así que lo hizo.
En tres fases. La primera, un programa informático, iTunes, capaz de gestionar fácilmente colecciones musicales de miles de temas, de clasificarlos por fecha, autor, estilo, preferencia personal... La segunda, una tienda de música, Apple Store. De música, y no de discos. Canciones sueltas, no en paquetes de quince, a menos de un euro cada una, todo legal. Descargar y listo. Y la tercera, un reproductor portátil, el iPod, con el que transportar esa música.

Los analistas aún se preguntan cómo es que fue una empresa tecnológica, y no una discográfica, la que se llevó el gato al agua. Pero así ha sido. «La música no sólo es el producto de consumo más popular en el mundo industrializado, sino la llave de la economía digital», ha escrito estos días John Kennedy, director ejecutivo de la industria discográfica (IFPI). Kennedy podría haber añadido sin equivocarse que esa llave gira esencialmente en torno a los inventos de Jobs: su reproductor digital iPod (32 millones de unidades vendidas en 2005) y la tienda de música (tres millones de canciones diarias descargadas, el 83 por ciento de la cuota mundial). En plena avalancha de las redes de intercambio gratuito, la apuesta por otra forma de comercialización de la música empieza a encontrar su sitio. Las ventas de las i-tiendas musicales en 2005 alcanzaron los 1.100 millones de dólares, el triple que en 2004; los consumidores de todo el mundo compraron sesenta millones de reproductores portátiles, por un valor de 9.000 millones de dólares, y Nokia, por citar sólo una de las marcas de móviles capaces de reproducir música, vendió cuarenta millones de teléfonos «con MP3».

Del walkman de Sony (1979) al iPod de Apple (2001), nuestro ocio ha cambiado tanto como para no reconocer el paisaje. Se han ido vaciando las estanterías, al mismo tiempo que el disco duro del ordenador rebosa música. Y sólo es el primer paso. El siguiente, el del cine y la televisión, ya ha asomado la nariz en las redes digitales. Millones de personas ven películas de estreno o series de televisión en su ordenador, o las graban en un CD en formato Divx. La mayoría de ellas son copias ilegales, pero en la tienda de Apple en Estados Unidos ya venden capítulos de «Mujeres desesperadas» o «Perdidos» por 1,99 dólares, y la cadena juvenil MTV también se ha apuntado a la distribución de sus programas por este medio. Ahora llevamos música en el reproductor digital; en breve, llevaremos series y películas.

Encuentros en la tercera fase

El negocio digital ha tocado su tercer pico. El primero se remonta a 1985, con los uso generalizado de los ordenadores. El segundo, en 1995, con internet. Y el tercero, diez años después, hoy, con el cruce entre el ocio y la informática. En la primera y en la tercera fase de esa ruta, Jobs y su forma de ver la vida han sido claves. Dicen en su entorno que su obsesión por el producto y por la estética es enfermiza, que es «hipertímido» y, al mismo tiempo, extremadamente convincente en el cara a cara, perfeccionista hasta el límite, que la última vez que se puso un traje fue en Tokio (1998), sin corbata, eso sí, que el cáncer de páncreas del que parece que ha salido bien librado le ha suavizado «algo» el carácter y que una de sus frases preferidas es que se pasa gran parte del día diciendo «no».

Con ese estilo, la nueva era parece no conocer límites. Programas de televisión y radio se digitalizan y se ofrecen en forma de suscripción digital. Nace el «podcast», donde cualquier contenido, de empresa o de particulares, puede ser «descargado» a través de iTunes y transportado en el iPod. Los últimos modelos ya permiten almacenar, además de música, fotos y vídeos. Y verlos en alta calidad en cualquier parte. Es lo que Jobs llama «la vida digital». Una visión, un sueño, una realidad.

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